Un editor, o grupo de editores, recolecta palabras junto con ejemplos de sus distintos usos. Luego, establece una norma de uso y las define. Finalmente, esas definiciones son condensadas al límite para lograr un producto único: el diccionario. Ese ha sido, al menos desde tiempos victorianos, el proceso mediante el cual la lexicografía brinda la posibilidad de surcar el lenguaje. Wordnik pretende cambiar ese proceso junto con el resultado final y convertir a cada palabra en particular –y toda la información que contiene– en el producto a comercializar.
Según comentó hace tiempo en TED, Erin McKean –lexicógrafa fundadora de Wordnik– el diccionario online promedio “es un diseño victoriano unido con un poco de propulsión moderna. Es steampunk. Lo que tenemos es un velocípedo eléctrico.” El problema es que al concentrarse en afilar la agudeza de la búsqueda perdemos serendipia. Wordnik pretende cambiar el “diseño” del diccionario y unir concepto con contexto, lexicografía tradicional con lingüística computacional agrupados en un inmenso repositorio que su fundadora llama word graph.
Wordnik asegura tener 6,834,581 palabras únicas, 971,860,842 de oraciones de ejemplo, 229,488 comentarios, 174,080 etiquetas, 121,394 pronunciaciones, 71,292 y 76,949 wordniks. El word graph recolecta términos de diccionarios online, wikis, medios de comunicación tradicionales, blogs y redes sociales. Esta parva son mostrados en una prolija interfaz con ejemplos reales en contexto, información sobre el significado, patrones de uso, sinónimos, antónimos, palabras que funcionan con el mismo sentido. Todo gracias al aporte de una comunidad de adoradores de palabras. Una combinación de un buscador de términos en real-time, un algoritmo que intenta develar el sentido y una comunidad que termina de aprobar las conexiones para otorgarle coherencia a la cohesión semántica.
Desarrollaron, además, un estándar abierto: smart words. API mediante smart words pretende dar contexto las palabras de quién lo necesite. Además de Words of the Week del WSJ, un caso de uso interesante de Wordnik es TaskRabbit. Esta red social de consumo colaborativo que distribuye tareas y “mandados” tenía un problema: muchas veces las tareas estaban descriptas con términos que necesitaban del contexto para tener sentido dentro de la comunidad. Allí apareció el data mining de Wordnik para brindar sentido y relación entre los diferentes términos que describían una misma tarea, por ejemplo child care y babysitting.
La empresa, que en 2009 absorbió a Wordie.org –una red social de word lovers creada por los fundadores de Flickr– recibió sólo en 2011 cerca de u$s8 millones en diferentes rondas de inversión e incorporó en su equipo Bradley “Google+” Horowitz. “Lo que ellos están intentando hacer con las palabras es extraerle significado [...] y cuando logras ir profundo dentro del significado destrabás una nueva era. Creo que estos chicos están a la vanguardia de esa era”, expresó Horowitz recientemente en una entrevista.
Existen varias plataformas semánticas. Algunas más abiertas que otras. Wordnik es tan sólo un caso que muestra que el verdadero potencial de las palabras está en el uso. Wordnik hace que la intención de Editorial Planeta de censurar links al sitio de la Rae resulte aún más absurda, ya no por pretender adueñarse de un idioma que nos pertenece a todos, sino por cagar dónde podrían estar comiendo.
La carrera de quién escribe más rápido y con menos errores ortográficos se asemeja a la carrera que el ajedrecista perdió hace tiempo en manos del mismo verdugo: el procesador. Anunciar al siguiente hype o cubrir un evento en un santiamén son trabajos cuasi matemáticos; y para las matemáticas las computadoras son más rápidas. Pero ¿es ese el punto? ¿No deberíamos, en cambio, preguntarnos si debe el periodismo correr esa carrera en primer lugar?
Los adictos al hit, al minuto a minuto, los ebrios del frenesí, superficial pero respetable, de “ser los primeros” dirán que el vértigo que propone el reloj es intrínseco al periodismo. Aparecerán también los eruditos, los virtuosos, que propalarán insultos al devenir por traerles la regurgitación final del sentido en manos de un autómata de hojalata o lo que sea que imaginen.
Sin embargo, podemos aprender del pensamiento computacional y tomar las riendas. A modo de ejemplo, rescatemos el concepto de periodismo orientado a objetos.
Al igual que en la programación orientada a objetos, en el periodismo orientado a objetos cada objeto es una abstracción de algún hecho o ente del mundo real con atributos y métodos. Los atributos representan sus características, sus propiedades. Los métodos encarnan su comportamiento. Las propiedades y métodos comunes a determinado conjunto de objetos pueden encapsularse en clases que serviran de prototipos para crear nuevos objetos. Es verdad que la sintaxis parece compleja, pero puede simplificarse. Intención que, en alguna medida, anida en ideas como Storify, Apture o la utópica plataforma curación multiple.
El object oriented journalism fue tratado hace poco más de un año por Tristan Harris de Apture y lo comentó alguien al pasar en una Hacks and Hackers de Londres meses atrás. Sin embargo, pese a estar verde, el concepto no es ninguna novedad.
No es titular para un bot; ni saber que [o.fork() for (o,i) in [(__import__('os'), __import__('itertools'))] for x in i.repeat(0)] es una bomba en Python. Tampoco es una estructura para garantizar la charada del objetivismo. Es comprender y utilizar al pensamiento computacional en el proceso de producción de piezas periodísticas. Sin que ello, claro está, implique el detrimento de la imaginación humana. No se trata de reemplazar sino de enriquecer.
Y sucede también en la programación: hay un momento en el que para resolver un problema debemos recurrir indefectiblemente a la creatividad. Todo lenguaje de programación no deja de ser un lenguaje. Como tal, su sentido no viene dado por la agregación de líneas. Existen un sin fin de ejemplos de textos con cohesión pero sin coherencia escritos por humanos y también programas sin sentido, casualmente también escritos por humanos. Dicho de otro modo, el problema no es quién ejecuta la tarea sino quién desarrolla la idea.
Adelante, dejemos que de la inmediatez se encarguen las matemáticas y del chisme, los chismosos. Profundidad y sentido son la clave. Para lograr esto el pensamiento computacional es un aliado, no un enemigo. Claro que no el pensamiento computacional ansioso por correr carreras perdidas de antemano, sino un pensamiento computacional paciente, reflexivo. Un productor de slow consumption journalism, si se quiere. Porque, es verdad, el periodismo padece una crisis de producto y quienes pagaban sus vicios decidieron gastar su dinero en otra ramera.
Vender memes es un negocio que no precisa de periodistas. Los humanos somos holgazanes cognitivos obnubilados por entretenimiento ubicuo; vamos a seguir necesitando que alguien nos ahorre tiempo en la construcción del sentido. Y, en definitiva, para descubrir atajos en el flujo digital hay que saber cómo surcar el código.
Leo en Denken Über sobre Peerindex que junto con Klout y con una vuelta de tuerca más ambiciosa The Whuffie Bank intentan medir… ¿Qué intentan medir? Tal vez la relevancia de egos, como reza el post de Denken Über. ¿No será que algunas de estas herramientas confunden reputación con influencia, dos términos estrechamente relacionados, pero al mismo tiempo diferentes?
En el post, @amartino destaca, con mucho tino, un incordio a la hora de medir la influencia: el networker serial. ¿Y quién está en las antípodas del networker serial? Un individuo al que podemos llamar pseudo-Manfred.
Situemos al personaje de Charles Stross en este paradigma. No tendría un blog o si lo tuviera tendría pocas visitas; su cuenta en Twitter sería privada o poco seguida, su muro en Faceboook estaría desactivado, etc. Al mismo tiempo, este huraño filántropo ayudaría a muchas personas regalándoles ideas exitosas. No obstante, él, dada su poca presencia no parecería ser muy influyente. Claro que su reputación estaría a salvo. Sería un afable Mr Nadie.
No probé ninguna de estas herramientas, suelo escabullirme de la ego-cripta, pero si bien Peerindex agrega variables al análisis, mientras la medición de la reputación/influencia pase por medir elementos vinculados con la presencia explícita, vamos a repetir el mismo patrón: sólo los actores conocidos surgirán como responsables del relato, cuando en realidad este relato está afectado por colaboradores ignotos. Muchos de ellos más influyentes que aquellos que dedican sus días a parecerlo.
En otras palabras, hasta que surja un algoritmo que ponga al pseudo-Manfred por encima del networker serial, estos servicios fallarán. Claro que en términos de visitas, son imanes para ego surfers a quiénes puede resultarles divertido descubrir su influencia online según los parámetros de estas herramientas.
Stowe Boyd tiene una frase que agrega una matriz de análisis muy rica: it’s not who you know, it’s where you know (no es a quién conoces, es dónde conoces). Dicho de otro modo, la influencia social debería ser analizada teniendo en cuenta el espacio de influencia, los límites dentro de los cuales alguien es influyente. En una entrada dónde analiza, justamente a Peerindex, Boyd soltó:
It’s like trying to figure out why someone threw a rock into a stream by calculating the rock’s weight, trajectory, and the spread of the ripples. All very interesting, but it doesn’t get to why. | Es cómo tratar de descubrir por qué alguien tiró una roca en un arroyo calculando el peso de la piedra, la trayectoria y la extensión de las ondas. Todo muy interesante, pero no se obtiene el porqué.
En definitiva, antes de averiguar algo deberíamos preguntarnos qué queremos averiguar. ¿No?
Cuán átomos que conforman un cuerpo superior a la suma de sus partes, el consumidor comienza a tomar conciencia de la importancia de cada-una-de-sus-pequeñas-decisiones. Como consecuencia, gana fuerza y popularidad el consumo colaborativo.
Según @rachelbotsman, autora de What’s Mine Is Yours: The Rise of Collaborative Consumption, el consumo colaborativo es la reinvención del intercambio básico-tradicional mediante tecnologías de red, en una escala nunca antes posible. “No es una idea endeble ni una tendencia a corto plazo, sino una fuerza cultural y económica que reinventa no sólo lo que consumimos sino la forma en que consumimos”, explicó @rachelbotsman en TEDxSydney, el año pasado.
Enumerar la parva de plataformas que facilitan el consumo colaborativo podría ser tedioso. Nombro sólo algunos: Freecycle, Couchsurfing, Zopa, Airbnb, Zipcar, Landshare, Swap… seguro cada uno puede sumar más ejemplos a la lista.
Algunos números que respaldan crecimiento de este sector:
Noten que la tan mentada horizontalidad no hace circular sólo mensajes acerca de un producto, hace circular el producto mismo. El objeto tiene ahora una implicancia socio-cultural que excede el mero acto de consumo. “Reducir, reusar, reciclar, reparar, y redistribuir” es la filosofia detrás del consumo colaborativo. Tal vez, persuasión sea menos importante que amortización. Estirar el ciclo de vida del producto para evitar el derroche resulta clave en un paradigma dónde compartir vale más que poseer.
Flattr es una red de micro-pagos. La idea detrás es “ayudar a las personas a compartir dinero, no sólo contenido.”
Flattr –apócope de flatter, halagar en Español– funciona más o menos así. Uno deposita una cierta cantidad de €. Digamos €6. A menos que uno utilice todo el crédito, no hace falta repetir el depósito. Luego, uno determina que porción de esa cantidad usará por mes. El mínimo es €2. Esos €2 serán repartidos de acuerdo con la cantidad de clicks que uno haga en los botones que Flattr pretende diseminar por la red. Si uno otorga dos click al mes, cada click vale €1; si uno realiza diez cada click significa €0.20 y así…
Finalmente uno navega una red de recomendaciones tipo Digg. Allí, el usuario puede sugerir contenido con la condición que sea de producción propia. Quebrar esa norma implica el destierro. El botón de Flattr también está disponible por fuera de su red social. Cualquier sitio puede usar Flattr como método de recaudación. Flattr obtiene ganancias cobrando 10% del valor total que uno eventualmente extraiga de sistema. Así, impone una pequeña barrera de salida.
Tal vez, el principal logro de esta plataforma sea simplificar algo complejo. En una presentación de TED, George Whitesides sugirió una serie de condiciones para considerar simple a un sistema. Sigamos esa lista usando las características de Flattr:
(1) Reliable/Predictable. Es directa la relación entre un click y una unidad de valor.
(2) Cheap. No existe una barrera de ingreso alta.
(3) High performance or valuable/cost. Dado que se cumplen las dos primeras condiciones, esta característica está garantizada.
(4) Building blocks. Flattr cuenta con API y plugins que permiten expandir el sistema
Los valores que circulan en el sistema son aparentemente fungibles e intercambiables por dinero. Ergo, las unidades tiene el mismo valor simbólico. Una canción, por ejemplo, podría recolectar 200 flattrs y un texto otros 200. Eso genera un cierto equilibrio que sólo se quiebra en privado, cuando el creador calcula el equivalente en dinero que implican esos 200 flattrs. Al final del día los 200 flattrs pueden valer €200 o €2.
¿Logrará el botón de Flattr la presencia que tienen los de Fakebook, digo Facebook, Digg o Twitter? En tal caso sería divertido cruzar los valores en la red. Por ejemplo: ¿cuántos Whuffies son un Flattr y viceversa?
Al final de cuentas el dinero seguirá siendo, al menos por un tiempo, una constante. Pero, en la economía de la atención dónde la escala manda, la dictadura de la popularidad encuentra una pseudo-amenaza conceptual: tal vez obtenga sólo 150 flattrs por mes; pero si cautivo al público adecuando esos 150 pueden valer decenas de € cada uno.
Mañana en UK pasará por la Cámara de los Comunes el Digital Economy Bill. Mañana otros países sumarán un modelo a imitar en la lucha contra la piratería apelando a la estulticia: “es lo que hacen los países serios”. España ya integra esa lista. Mañana puede quedar definivamente confirmado que la democracia yace circunscripta al meramente simbólico acto de votar.
Todo eso mañana. Ahora, pensemos. El número de delincuentes entre los 1733 millones de personas que pululan en la red depende de la definición de crimen. Por ejemplo, si en el mundo real fuera ilegal prestar libros, casi todos seríamos criminales. Bien, en Internet prestar es una costumbre. Pero como la escala es inmensa y la copia sencilla, se hace abundante algo otrora escaso.
Según el DMR 2010 el año pasado el mercado de música digital recaudó u$s 4.200 millones, registrando sólo incrementos desde 2004. Además, las ganancias por shows en vivo aumentaron. Pero claro, las ventas de la cosa física bajó un 12%.
Después, las estimaciones. IFPI estima que los miles de millones de archivos compartidos dañan a las ventas. En Argentina, por ejemplo, CAPIF estima que la venta ilegal de música genera pérdidas por 1.200 millones de pesos. Nunca distinguen entre compartir y vender. Seguramente, un disco que nunca comprarías pero descargaste para conocer al artista, estiman que es un disco menos que vendieron, estiman. Los datos, sabemos, son maleables.
Y así, estimando, proponen tres medidas para revivir los tiempos dulces de canales controlados: clausurar sitios que faciliten el file sharing incluso cuando no lucren, cobrar canon digital para colectar dinero de cada acto de copia y exigir a los ISP que espíen el tráfico en busca de piratas. Esos mismos piratas que son diez veces más propensos a pagar por música.
Simple, la IFPI y sus aliados no se adaptarán jamás a las reglas de Internet, buscarán adaptar a Internet a las suyas sin importar daños colaterales como las libertades individuales o la neutralidad de red. Ya no suena exagerado: “la propiedad intelectual es el petróleo del siglo XXI”.
En definitiva, aunque negocio hay, la copia de bits es inevitable y compartirlos es costumbre, será cada país el que decida quién vende ilegalmente y quién comparte sin perseguir lucro; cuál derecho es fundamental y cuál una infracción menor; cuál es el daño real y cuál el estimado; quién representa al pasado y quién al futuro. UK decide mañana.
Vía @Gauyo escuché en 2Papiros a Víctor Hugo Morales quejarse de los comentarios insultantes en los diferentes periódicos on-line de Argentina.
El problema no es que exista un comentario insultante y por ende irrelevante. Ponderar lo relevante y lo irrelevante de igual modo es el verdadero problema. El opinólogo/puteador es un agente previo a la tecnología. Cómo si de pronto todos los improperios sin fundamento o los ataques ad-hominem que escuchamos en los taxis, cafés, estaciones y otros espacios públicos floten en la superficie, multiplicados exponencialmente.
Ahora bien, esa misma tecnología podría utilizarse para modear –premiar/castigar– este tipo de prácticas. Para esto deberían sumarse varios métodos de ponderación en una misma plataforma. ¿Cómo? Ni idea, pero aquí hay algunas pseudo-sugerencias: permitirle al lector organizar los comentarios, establecer mecanismos para condenar la irrelevancia –además del existente reporte de abuso– y construir un sistema de karma…
Hay que enterrar con una tonelada de comentarios significativos a los trolls. Sepultarlos en el olvido de lo inaccesible.
La magnífica Vodo.net publicó en su catálogo The Lionshare una película escrita y dirigida por Josh Bernhard.
Guión simple de diálogos inteligentes e impronta new talkies -cámara en mano estilo DOGMA- logran una complicidad sólida desde el primer minuto. Las actuaciones son tan naturales, que uno termina reconociéndose en alguna de las situaciones.
Pero lo mejor de la película es que constituye una declaración de principios. Un manifiesto cinematográfico que utiliza la ficción –una historia de amor y amistad sencilla– para contar algo que varios documentales como Steal this Film habían hecho con anterioridad.
Cuenta que la cultura se transforma, que las costumbres mutan en el corazón mismo de las relaciones humanas. Muestra que no hay inteción de lucro en compartir, que share is care. Argumenta que es imposible crear de la nada. Advierte que si cierran The Pirate Bay surgirá otro… el paradigma cognitivo cambió.
Finalmente, deja bien clarito: la producción cultural está garantizada. La cultura de ninguna manera peligra por culpa del p2p como piensan, por ejemplo, algunos artistas en España. Parafraseando a Yochai Benkler: “la gente siempre ha creado cultura; la música popular no comenzó con Elvis”. Bear Fact!